LA FORMA TIENE QUE SER
Del mismo modo que el año
2016 se ha ido tal y como llegó, encabritado, el 2017 desde ahora deja ver el
ánimo que le pone a la embestida el
reino animal a su manera, para quitar el pan de cada
día a quienes por error del destino (la
Defensoría del Pueblo no se encarga de estos asuntos sencillos. Los entes
municipales son lentos y complejos) tienen que
aguantarles en la grandilocuencia de los actos dañinos, perjudiciales a los derechos de los patrimonios e
individuales, y carentes de cualquier diseño humano,
racional y equitativo, a los cuales por la fuerza en la práctica, son
sometidos quienes antes con humildad les
colaboraron, hasta ser declarados peligro eminente por el grupo selecto de los
topos destructores. Por favor no vayan a pensar que intento narrar una nueva versión sobre el Reino Animal, o mejor aún,
de los tres cochinitos que planifican
su vivienda, aunque en algo se le parezca. El
primero, el mayor y más gordito -es, conocido como el profesor- enredista como
él solo sabe hacerlo, a las señoras y a los menores les infunde temor merced a
unas mechas escasas largas y grasosas que
carga, anteojos de vidrio de botella, el
auto ruidoso en el cual anda vanagloriándose de lograr becar a jóvenes en el
exterior mediante una pequeña
contribución por sus servicios. En fin cualquier parecido con el payaso
antagónico del circo es cuestión de la naturaleza.
El segundo de los
cochinitos, cronológicamente hablando, ósea de mayor a menor, y conocido como
el diseñador, difiere del anterior por el tono suave y parsimonioso que
usualmente utiliza al hablar en público como buen discípulo de las aulas
universitarias dedicados a la enseñanza de los códigos deontológicos, en donde
se aprecia con claridad absoluta la necesidad de crear la armonía dentro de
cada comunidad gestionada. Claro está que conociéndole un poco más en su egoísmo
exagerado, demuestra aquel mismo don tan
detestable, sin tapujos de ninguna especie. Toda la protección para
mí, que le necesito, parece
decir con la mirada chillona que le caracteriza. Tan chillona, tan chillona que
no alcanza ha darse cuenta del mal que infringe a los indefensos por dar gusto a
su propia viscosa proyección rancia coexistente y traicionera.
El menor de los tres
cochinitos es el más tierno, -conocido como el comodín- es una fuente de agua
mansa de esa agua de la cual sería mejor que Dios nos guarde, sobre todo cuando de ahogar a
alguien se trata.
Así,
nuevamente por efectos de la naturaleza, se confabularon las tres principales
características que unen a
estos personajes protagónicos del cuento aquí narrado:
rechonchos, retuertos y rabones.
Unidos como ya se dijo, para apoderarse del conjunto de los predios que
conforman la obra iniciada.
Para
poner en contexto a cualquier lector desprevenido sobre el origen verdadero de
las causas desde el punto de vista
artístico del presente cuento, se hace imprescindible conocerles. Se trata de
un terreno dentro de la ciudad estrecho, en forma de L, esquinero como se les conoce
en la ciudad, de área reducida y usos muy limitados excepción hecha por los
copropietarios que le habitan, y le sobrevaloran en grado sumo, egoísta y mezquino,
en otras palabras parecía que pensaran: es preferible mezclar la corriente
eléctrica con el agua, creando un peligro eminente, a que otro le disfrute. Es
algo así como cuando en los terrenos rurales de la planicie o la montaña junto a
sus laderas, a algún vecino se le ocurre la idea de agrandar la finca propia, merced a los terrenos colindantes, como forma
de ejercer la presión necesaria para lograr un acuerdo económico favorable de retoma,
al hacerlo, logrando el cometido, variara
la forma y siempre genera enormes conflictos. Pues bien, en las ciudades ocurre
lo mismo aunque la coacción empleada sea diferente, sea citadina, aunque
también cruel e injustificable no obstante esos medios dañinos empleados.
El
señor lobo, en este caso el enemigo imaginado, reposaba tan tranquilo, después
de un día largo y trajinado, en su morada, próxima a la de los tres cochinitos que entre muchas otras
cosas le temían y no precisamente por lo de fiera y lo afilado de los colmillos
que aún conservaba, sino que más bien por considerarle un estorbo vetusto a las
pretensiones exigidas del diseñador jefe, que consistían en aumentar su tesoro
personal en objetos preciosos, obras y súbditos sumisos. En cambio el señor lobo
ya se encontraba apartado de esos menesteres, quizás así lo quiso y siempre lo
buscara, un estado de tranquilidad suficiente que pueda guiarle en concordancia
al presente y al final irremediable; no obstante la dinámica de la existencia
continuará siempre y como dicen por ahí, para bien o para mal, ningún ser de
ello se puede escapar, aunque a los
humanos nos cueste más trabajo entenderlo.

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