9 jun 2017

LA FORMA TIENE QUE SER


Del  mismo modo que el año 2016 se ha ido tal y como llegó, encabritado, el 2017 desde ahora deja ver el ánimo que le pone a la embestida el reino animal a su manera, para quitar el pan de cada día a quienes por error del destino (la Defensoría del Pueblo no se encarga de estos asuntos sencillos. Los entes municipales son lentos y complejos) tienen que aguantarles en la grandilocuencia de los actos dañinos, perjudiciales a los derechos de los patrimonios e individuales, y carentes de cualquier diseño humano, racional y equitativo, a los cuales por la fuerza en la práctica, son sometidos  quienes antes con humildad les colaboraron, hasta ser declarados peligro eminente por el grupo selecto de los topos destructores. Por favor no vayan a pensar que intento narrar una nueva versión sobre el Reino Animal, o mejor aún, de los tres cochinitos que planifican su vivienda, aunque en algo se le parezca. El primero, el mayor y más gordito -es, conocido como el profesor- enredista como él solo sabe hacerlo, a las señoras y a los menores les infunde temor merced a unas mechas escasas  largas y grasosas que carga, anteojos de vidrio de botella, el auto ruidoso en el cual anda vanagloriándose de lograr becar a jóvenes en el exterior mediante una pequeña  contribución por sus servicios. En fin cualquier parecido con el payaso antagónico del circo es cuestión de la naturaleza.


El segundo de los cochinitos, cronológicamente hablando, ósea de mayor a menor, y conocido como el diseñador, difiere del anterior por el tono suave y parsimonioso que usualmente utiliza al hablar en público como buen discípulo de las aulas universitarias dedicados a la enseñanza de los códigos deontológicos, en donde se aprecia con claridad absoluta la necesidad de crear la armonía dentro de cada comunidad gestionada. Claro está que conociéndole un poco más en su egoísmo exagerado, demuestra  aquel mismo don tan detestable, sin tapujos de ninguna especie. Toda la protección para mí, que le necesito, parece decir con la mirada chillona que le caracteriza. Tan chillona, tan chillona que no alcanza ha darse cuenta del mal que infringe a los indefensos por dar gusto a su propia viscosa proyección rancia coexistente y traicionera.  

El menor de los tres cochinitos es el más tierno, -conocido como el comodín- es una fuente de agua mansa de esa agua de la cual sería mejor que Dios nos guarde, sobre todo cuando de ahogar a alguien se trata.
Así, nuevamente por efectos de la naturaleza, se confabularon las tres principales características que unen a estos personajes protagónicos del cuento aquí narrado: rechonchos, retuertos y rabones. Unidos como ya se dijo, para apoderarse del conjunto de los predios que conforman la obra iniciada.
Para poner en contexto a cualquier lector desprevenido sobre el origen verdadero de las causas desde el punto  de vista artístico del presente cuento, se hace imprescindible conocerles. Se trata de un terreno dentro de la ciudad estrecho, en forma de L, esquinero como se les conoce en la ciudad, de área reducida y usos muy limitados excepción hecha por los copropietarios que le habitan, y le sobrevaloran en grado sumo, egoísta y mezquino, en otras palabras parecía que pensaran: es preferible mezclar la corriente eléctrica con el agua, creando un peligro eminente, a que otro le disfrute. Es algo así como cuando en los terrenos rurales de la planicie o la montaña junto a sus laderas, a algún vecino se le ocurre la idea de agrandar la finca propia,  merced a los terrenos colindantes, como forma de ejercer la presión necesaria para lograr un acuerdo económico favorable de retoma,  al hacerlo, logrando el cometido, variara la forma y siempre genera enormes conflictos. Pues bien, en las ciudades ocurre lo mismo aunque la coacción empleada sea diferente, sea citadina, aunque también cruel e injustificable no obstante esos  medios dañinos empleados. 

El señor lobo, en este caso el enemigo imaginado, reposaba tan tranquilo, después de un día largo y trajinado, en su morada, próxima a la  de los tres cochinitos que entre muchas otras cosas le temían y no precisamente por lo de fiera y lo afilado de los colmillos que aún conservaba, sino que más bien por considerarle un estorbo vetusto a las pretensiones exigidas del diseñador jefe, que consistían en aumentar su tesoro personal en objetos preciosos, obras y súbditos sumisos. En cambio el señor lobo ya se encontraba apartado de esos menesteres, quizás así lo quiso y siempre lo buscara, un estado de tranquilidad suficiente que pueda guiarle en concordancia al presente y al final irremediable; no obstante la dinámica de la existencia continuará siempre y como dicen por ahí, para bien o para mal, ningún ser de ello se puede  escapar, aunque a los humanos nos cueste más trabajo entenderlo.



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